PRUEBA

La palabra,  refugio de todos

En las situaciones más adversas, en los rincones más lejanos y en los momentos donde nos sentimos devastados e impotentes, la palabra nos envuelve y refugia en búsqueda de esperanza y sosiego, como en los mejores cuentos tradicionales que concluyen en finales felices. Algunos, en silencio, rescatan palabras reconfortantes y tranquilizadoras de su interior. Otros, a manera de corrillo anecdótico, resuelven contarle al mundo lo ocurrido, cómo pasó y cuándo. Contamos a los demás para compartir, sentirnos identificados o sentir que ‘no sólo me ocurre a mí’. Escuchamos para apoyar y conllevar dolores y alegrías. La palabra recoge historias, las recrea, nos acerca a los otros y nos sana sin importar la lengua o el lugar en donde estemos.

Cantarle a las nubes negras San Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol y acompañar el canto con un ritual de velas encendidas y cuchillos cruzados clavados en el piso, se convierte en una necesidad: los sonidos, imágenes y acciones permiten que la esperanza y la ilusión se transformen en una realidad por medio de creencias que la sabiduría ancestral nos ha legado a través de mundos simbólicos. El poder terapéutico de las palabras cumple entonces su función y el viejo refrán se hace verdad: “la constancia vence lo que la dicha no alcanza”.

Entonamos canciones para preservar las raíces y creencias y velamos porque el patrimonio oral -aquel legado histórico y cultural que ha sobrevivido y se ha transformado a través de tantas generaciones- permanezca en nuestros hijos, sobrinos, nietos. A pesar de la maratónica modernización de las sociedades, donde la globalización parece arrasar y homogeneizar la identidad y riqueza de la diversidad cultural, insistimos en proveer a los más jóvenes una educación que permita dejar nuestra marca y huella por el camino.

Desde que nacen, contamos a los pequeños historias de otras épocas y realidades como si fueran propias. Hablamos de personajes franceses como Mambrú, niñas que van en coches, reyes que deben pasar puentes y lobos feroces hambrientos. Entregamos esta herencia a los niños para que construyan y alimenten su propio mundo simbólico; además, al usar las maravillosas herramientas que proveen las rondas, juegos y canciones de infancia, le damos orden y significado al entorno.

De la manera más natural, estas palabras -que aparentan ser ingenuas- enseñan a respetar al otro, a esperar turnos para poder participar, a ganar y perder sin ser devastados, a ser perseverantes, a escuchar y ser escuchados y a saber que cada uno tendrá su momento individual dentro de un colectivo para participar con su propia voz y estilo.

A través de la palabra cantada, hablada o escrita hacemos recorridos geográficos e históricos, así como construimos y reconstruimos nuestro mundo interior. A partir de un ruido creamos una imagen y de una imagen un universo complejo donde ocurren miles de aventuras distintas. Una piedra se puede convertir en el más veloz carro de bomberos y nosotros mismos podemos transformarnos y jugar a ser un apuesto caballero capaz de salvar al mundo en ese particular carro-piedra. Todo empieza con un ‘bruuuum’ y, realmente, la edad nunca es una limitante. Este pensamiento ha resultado fundamental en mi experiencia personal, sobre todo a la hora de crear libros, discos y conciertos para mi público predilecto: la primera infancia.

 

Desde la gestación es el adulto el que lleva de la mano al niño para dejarlo rondar, explorar y descubrir las maravillas del mundo simbólico a través de la voz, los gestos, la mirada y la piel. Con cánticos, arrullos, y juegos, el cuerpo del adulto transmite y acoge, señala el universo a su alrededor y le da sentido. Tete, mamá, papá, escuchamos decir al bebé a sus pocos meses de nacido, mientras reconoce y señala todo aquello que le interese en busca de que su cuidador lo nombre. Aaa –aaa –aaa, se escucha a los pequeños cantarse a sí mismos para conciliar el sueño, evocando la palabra que le entregaron como la mejor protección para cuidar de sí mismo. Pienso en mi hijo Antonio, de cuatro años. No le gustan los arrullos porque es demasiado sensible y la noche le produce miedo y nostalgia. Sin embargo, cuando tiene un ‘ayayai’ o debe enfrentarse a una situación difícil, llora de manera inconsolable mientras se dice a sí mismo: “Respira, Antonio, aguanta, ya va a pasar, tú eres fuerte…”.

Crecemos y, al reencontrarnos con los recuerdos, sentimos lo mismo. Escuchamos a los adultos decir frases como: “Me cantaban Pimpón cuando pequeña…” o “A la rueda, rueda era mi juego favorito…”. Con los cantos, historias y ritmos de infancia podemos darnos el lujo de tomar fuerzas para superar momentos difíciles y recordar aquellos momentos en donde daban todo por nuestro bienestar y seguridad.

 

 

Nacemos lectores entrelíneas

Entre brazos, los bebés leen los olores de su entorno para saber si están en un lugar seguro o no. También leen con cuidado cada gesto y movimiento de la cara de sus cuidadores como forma de articular y ejercitar sus músculos faciales para poder balbucear y luego, hablar. A través del modo en que se le arrulla, el pequeño entiende a la perfección si hay angustia, tensión, alegría, tristeza, afán o calma en el ambiente. En ocasiones, las abuelas pueden calmar con más facilidad a un bebé que la misma madre, pues ella, con seguridad, está cansada o agobiada con las rutinas de la vida cotidiana y de la crianza. Así, un arrorró mi niño o un a-a-a a-a-a, adquiere uno u otro sentido, no por sus palabras u onomatopeyas, sino por el sentir que subyace a las mismas.

Transmitimos las costumbres y tradiciones a través de la voz y de los gestos. Al darle las primeras cucharadas de papilla a un bebé, instintivamente y sin manuales a la mano, abrimos la boca para que nos sincronicemos y acoplemos, para masticar a un ritmo único y apropiado, para evitar que el bebé se atore. Y mientras nos comunicamos por medio del lenguaje de los gestos, decimos palabras como ‘sabroso’, ‘calientico’, ‘manzanita’ que nos permiten profundizar tan espontánea conexión.

Los bebés y sus cuidadores se comunican y responden en un perfecto y melodioso coro; sus necesidades básicas son cubiertas con afecto y solidaridad. Es en los ritmos de la vida, circulares y rutinarios, donde crecemos a la par, leyéndonos e interpetándonos los unos a los otros, al ritmo de un latente corazón que viene y va y que nos tranquiliza al darnos la seguridad continua del eterno retorno.

 Recuerdo muy bien la ansiedad que experimenté de madre primeriza con Emiliano, mi primer hijo. Sufría de gases o eso creía. No le gustaba tomar leche de mi pecho o eso creía. Llamaba desesperada al pediatra, una y otra vez, y siempre obtenía la misma respuesta: “Debe aprender a conocer a ese ser extraño que llegó a vivir en una casa nueva, con personas nuevas...”. Tardé mucho tiempo en comprender bien estas confusas frases, pero, con el tiempo, cuando Emiliano y yo nos fuimos conociendo y reconociendo, el afecto y la paciencia aparecieron como por arte de magia. ¡Claro! nunca antes me habían contado que a los hijos también debíamos aprender a leerlos. Y así los hicimos y lo hacemos a diario con Emiliano, entre los gustos y disgustos propios de cada momento, situación y etapa de nuestras vidas. También hemos aprendido que lo que más nos irrita de cada uno es lo parecidos que somos. Y también hemos aprendido que lo que más nos divierte el uno del otro es lo parecidos que podemos llegar a ser.

Cuando él aún era un pequeño bebé, la vida cotidiana se nutría de palabras que lo abrazaban y amparaban de día y de noche. Había palabras para que durmiera solo y él mismo se acunaba y consolaba entre ruiditos, gestos y movimientos corporales. En momentos de alegría y juego, las palabras nos daban la libertad y la complicidad suficiente para poder crear en conjunto recuerdos de afecto imborrables. Para dejar su chupete, Emiliano sentenció que su abuelo se lo había llevado (cosa que nunca ocurrió), con tal de sentirse ‘capaz’ de realizar semejante acto ‘heroico’. Al aprender a caminar, al igual que en algunas tribus indígenas, las voces de sus cercanos le daban ritmo y le permitían sostener sus temblorosos pasos, como si cada nota de la canción lo guiara con hilos, como a una marioneta:

 

Marcha soldado cabeza de papel,

si no marcha derecho,

va preso al cuartel.

(T.O.)

Pasa, pasa, pasa el batallón,

pasa el batallón,

plin, plin, plon,

soy el soldadito que toca el tambor.

(T.O.)

 

Esas eran mis historias de madre primeriza: enseñanzas que no sólo interioricé, sino que me hicieron creer en mis instintos -bastante aplacados por haber dedicado tanto tiempo a la teoría pedagógica entre libros y por seguir cada palabra leída ‘al pie de la letra’-. En medio de estas aventuras de madre, recuerdo que seguía con cuidado, mes a mes, los libros del Doctor Brazelton, esperando encontrar respuestas que me ‘salvaran’: “Durante éste mes su hijo aprenderá a dormir sin despertarse una vez más”, decía el libro, como si se tratara de un cuento de hadas ¡Y yo necesitaba de un cuento de hadas como la mayoría de las madres! Pero ese ‘final feliz’ nunca llegó y la frustración y cansancio me invadían día a día.

En ese momento decidí dejar mi extensa bibliografía a un lado y seguir mi instinto maternal como la mejor guía, aunque el error fuera mi destino. No quería más teorías a cerca de cómo sacar gases; tampoco quería saber la temperatura perfecta del tetero y mucho menos quería saber a qué horas iría a caminar o hablar mi pequeño. Sabía que, si ocurría alguna eventualidad o si algo salía mal, ya tenía las herramientas necesarias para poder apoyarlo o pedir ayuda en el momento adecuado.

Así lo hice y no sólo con mis hijos, Emiliano y Antonio: también decidí llevarlo a la práctica, tanto en la vida cotidiana como en el aula, como método infalible para acercar a bebés, niños, jóvenes, familias, formadores, cuidadores, bibliotecarios y a todos aquellos que estuviesen interesados en una lectura y escritura más instintiva y apasionada, a partir de experiencias, emociones y gustos o, en otras palabras, en aprender a leer el mundo ‘entrelíneas’, haciendo uso de todos los sentidos.

Comprendí entonces que encontrar respuestas donde no había respuestas, pero sí soluciones, me atrapaba y que mi instinto y gusto me llevaban a explorar e investigar más para ampliar el repertorio de referencias y conexiones entre diversos mundos y saberes. Poder cantar una canción y tener la capacidad de construir una imagen o un personaje a través de sensaciones, relaciones y recuerdos es mágico y hace que los mundos inalcanzables se conviertan en caminos por colonizar. Ponerle sabor y olor a determinada imagen transforma una situación en una emoción y, con pocos elementos, es posible construir un relato dentro de un espacio y tiempo singular:

 

Tito vende caramelos,

chupetines y turrón,

y en las tardes de verano,

heladitos de limón.

(T.O.)

 

¿Quién es Tito? ¿Cómo será? ¿Cómo será un día en la vida de Tito? ¿Los sonidos y las palabras harán referencia a una paleta de colores particular,  a una temperatura y a una geografía? ¿Ese espacio se enmarca en las palabras, en el contexto de la composición textual o en el acompañamiento musical?

El placer de la transformación

Por fortuna, he aprendido que la educación, como la vida, no tiene respuestas fijas o limitadas porque está en constante reforma y mutación según los hechos históricos, los cambios legislativos, la modernización, las investigaciones y las prácticas, entre muchos otros eventos sociales, culturales, políticos y demás. Así mismo, también me produce un placer particular saber que una obra literaria o una obra de arte jamás llegará a un ‘fin’ predeterminado, dado que es el ‘otro’ quien termina (si es que lo hace) de darle un significado personal. Ni siquiera la ciencia puede ofrecer respuestas únicas y finitas: un día la tierra fue plana, hoy es redonda y en unos años… ¿Qué forma tendrá?

Me pregunto entonces ¿Por qué no trascender y trasladar los mismos principios que rigen la vida cotidiana a la educación? Tal vez si aprendiéramos a leernos, a apreciarnos y a valorarnos, haríamos lo mismo con el otro y las rabias, agresiones o frustraciones las podríamos convertir en lenguajes simbólicos, narrativos y poéticos, dejando nuestras huellas y relatos plasmados en metáforas. Así pues, las historias de unos y otros virarían y estaríamos dispuestos a escucharnos y relacionarnos de manera más amable y honesta, a sabiendas de que somos historias para ser contadas y escuchadas.

El cine, los álbumes de imágenes, los textos sin ilustraciones, redes sociales como Facebook y Twitter, las artes plásticas, los musicales... Existen miles de expresiones que sólo dan respuesta a la misma necesidad de contar, transmitir y evocar mi propia historia, historias que me han contado o historias inventadas. Los docentes solemos apasionarnos por nuestro oficio porque aprendemos más que nuestros propios alumnos. Por supuesto, al contar y recontar un saber, anécdota o situación –cualquiera que sea- nos apropiamos de ella, la interiorizamos, la desciframos, la re-significamos y entregamos nuestra propia expresión de vuelta.

Ser parte de un mundo de opinión para hacer valer mi voz y mi presencia. El mundo de la creación parte del impulso de tomarse el mundo por un momento. También se encarga de crear nuevas formas y caminos para suplir necesidades. Reconstruimos relatos desde nuestro punto de vista  y nos dignificamos cuando sentimos que aportamos a una narración a través de la creación y co-creación.

Más allá de las palabras y la edad

Desde el vientre materno les hablamos a los bebés. Les cantamos para tranquilizarlos, para hacerlos reír. Con palabras, juegos y cantos organizamos su diario vivir y establecemos rutinas. Atendemos sus necesidades afectivas y vitales. Les contamos historias para que no tengan miedo, para que tomen una cucharada de sopa, para que se duerman. Con la voz y los gestos transmitimos las primeras estructuras literarias a los más pequeños -introducción nudo y desenlace- y establecemos una estrecha relación entre la literatura y la vida cotidiana: desayuno, almuerzo, comida; descanso, juego, alimentación; vivencias, esquemas y palabras organizadas, seguras y repetitivas.

 

Sol solecito,

caliéntame un poquito,

por hoy, por mañana,

por toda la semana,

Luna lunera cascabelera,

Cinco pollitos y una ternera…

 

Las estructuras narrativas aparecen en las primeras historias mínimas cantadas (incluso en aquellas que no tienen letra) y en el sentir de cada nota, frase o patrón rítmico que da pie a la interpretación y comprensión de quien escucha. Bien sabemos que en un álbum ilustrado la historia depende del diálogo que se establece entre las imágenes y el texto, y el texto y las imágenes, dependiendo el uno del otro. Al cantar, bailar y jugar con los bebés, el adulto también le entrega estas herramientas de comprensión de lectura en varios niveles al pequeño. La emoción de una voz o los instrumentos, sonidos, ritmos, timbres y colores dentro de una producción musical actúan como esa relación entre el texto e imagen en los álbumes ilustrados, donde los elementos que contribuyen a la composición narrativa general, son interdependientes.

 

 

Un grillito se mojó,

con dos gotas de rocío

y cantando estornudó:

-Ay, ¡casi, casi me resfrío!

(Ruidos y ruiditos de Judith Akoschky / Argentina)

 

En el primer ejemplo, vemos como unos cascabeles nos anuncian a un grillito, a un personaje, y se establece un hilo narrativo desde la primera línea. El nudo se da en la segunda línea y el giro para llegar al desenlace, en la tercera. No hay momento para perder la historia y así lo hace saber la dulce voz que parece no respirar de principio a fin. Luego, para terminar, hay una pausa: el suspenso que antecede cualquier buen final para concluir en un ¡atchís! Finalmente, con una sorpresa y un xilófono, nos anticipan un desenlace divertido e inesperado. Ritmo, construcción de personaje (por la situación y el acompañamiento musical podemos inferir que es pequeño y juguetón), estructura narrativa sólida, humor y suspenso… ¿Qué bebé no querría repetir esta historia varias veces sin parar?

El segundo ejemplo, Señor San José, es un villancico cantado en quechua:

 

Señor San José, carpintero fino,


hazme una cunita para el niño lindo.



 

Azucena kamchu, clavelina kamchu,


niñucha wajampí
upillachi naipa.

Corran, corran, todos los pastores,

a traer pañales para el niño lindo.



 

Azucena kamchu, clavelina kamchu,


niñucha wajampí
upillachi naipa.

(Villancico anónimo de Perú cantado en español y en quechua)

 

Ahora hablo desde la producción musical y editorial, cuyo fin es capturar la atención del escucha o lector y alimentar su experiencia personal de un sinfín de universos enriquecedores. En este caso, quise unir varias voces para darle un color particular a la narración: la voz negra de Juanita Delgado, la voz rockera de Paula Ríos, la voz profunda y melancólica de Victoria Sur, sumadas a la mía: una voz blanca, infantil y nasal. Un cello tocado de maneras convencionales y, a su vez, poco convencionales; acompañado de una percusión relacionada con las imágenes de una historia tradicional como la de María y José, adaptada por mí en el libro ¡Arre, borriquita! Así, en vez de utilizar tambores, claves u otros instrumentos, utilizamos herramientas de carpintería.

Por otra parte, Claudia Gutiérrez, investigó sobre los colores que podían acompañar estas canciones para que relataran desde de su propio gusto y punto de vista -mezclados con las versiones ya conocidas- y, a su vez, desde la adaptación de nuevos textos. Fue necesario un pilar de lecturas para llegar a su visión, inferencia y expresión. El resultado: una mezcla que lleva a grandes y pequeños a viajar desde la emociones con una canción que se canta y baila de forma circular, manteniendo el pulso vivo y constante, lo cual da la sensación de estar conectados a la madre tierra, sensación que propicia la unión a través del fraseo y el andar rítmico. Los colores de la imagen corresponden a la invitación sonora y textual. Así no comprendamos con exactitud lo que dicen las palabras, de manera tácita se invoca el espíritu del ritual colectivo a través del sentido musical. No se trata de que el lector comprenda cada símbolo de la travesía. Sin embargo, entre más referencias, conectores y pistas podamos entregarle a aquel lector y oyente perspicaz, participativo y dispuesto a nuevas aventuras perceptivas, su vivencia se verá igual de beneficiada.

Vemos entonces cómo la palabra ‘lectura’ puede expandirse y movilizarse tanto como la echemos a andar, abriendo puerta tras puerta, posibilidad tras posibilidad, desde la creatividad y la creación.

Tiene sentido entonces que los bebés se sientan resguardados y alimentados por nuestro calor y con nuestras palabras que ponen en orden su vida psíquica, dando paso a la comprensión de  los diversos significados que encuentran en el mundo exterior. Los ojos de quien lo arrulla son uno de los primeros libros que el bebé lee. Los colores, el olor y la disposición de los objetos en el entorno cuentan historias al pequeño observador. Cantamos, bailamos, jugamos y gozamos como el medio más efectivo y nutrido para guiar a los pequeños.

Entonces, ¿por qué dejar de hacerlo justo al momento de empezar la primaria? ¿Por qué desandar estos pasos ya recorridos justo cuando los jóvenes necesitan una voz llena de fortaleza, guía y afecto? ¿Por qué debemos dejar de aprender y comprender a través de las emociones y de los sentidos?

Aunque hoy estamos convocados para hablar sobre los procesos de lectura y escritura en la primera infancia, estas reflexiones me llevan a pensar en la primera vez que trabajé con adolescentes. Los mejores talleristas le huían a estos grupos y yo, como novata en el tema, quería desafiar al mundo y demostrarles que sí podía hacerlo. Y no pude. Yo misma me quedaba dormida en cada encuentro que tenía con ellos una vez por semana. Cada vez era más tedioso. Con obediencia seguía las metodologías que había analizado con cuidado y seguía cada fórmula traída de la promoción de lectura. A la tercera sesión, nos dejaron sin salón. Mientras solucionaban el problema, todos nos sentamos en un corredor con caras de aburridos (nada muy distinto al ‘no esperado’ encuentro). Esa vez yo tenía una canasta enorme con los libros elegidos para las sesiones con los grupos de niños de 2 a 8 años. Con timidez se fueron acercando a ‘esos libros para bebés’ y, desde entonces, ¡no pararon de leer! Encuentro por encuentro, todos juntos de la mano, aprendimos a leer álbumes de imágenes, a crear nuestros propios álbumes, a conocernos y reconocernos desde la narración, las artes plásticas y la música como otras formas de contar. La lectura a viva voz hizo de las suyas y encantó al grupo.

Desde entonces aprendí que a los jóvenes debo ofrecerles exactamente lo mismo que a los bebés: voz, gestos, miradas y piel. Es decir, afecto y comprensión. También descubrí que, sólo así, la vida puede retornar al orden, las emociones florecen y las palabras vuelven a cobrar sentido estético, metafórico y poético para ellos. Se establecen estrechas relaciones a través de la palabra cantada, hablada, untada, escrita y leída, derrumbando cualquier barrera entre las edades, estratos, creencias. Saber que todos pasamos por lo mismo, que todos podemos ser princesas, brujas, lobos feroces, ratones ciegos, monstruos o el más divertido personaje, sólo nos devuelve las esperanzas, pues sabemos que siempre habrá segundas oportunidades a la mano.

Leer un libro como Siete Ratones Ciegos, un bello álbum ilustrado de Ed Young, con los ojos vendados, mientras esencias florales invaden cada rincón del aula y una música africana acompaña la narración, son pistas suficientes para situar el cuento dentro de un espacio geográfico particular. Se ofrece entonces suficiente información atinada y precisa para saber que los ratones ciegos descubren a un elefante a través de los sentidos. Los sonidos de los tambores y el tono de las voces ya les anticipan el lugar donde se sitúan, mientras la descripción de los ratones provee otro tipo de información un poco más ambigua, pero que abre el camino correcto para adivinar la respuesta al acertijo sensorial. Poco a poco, las palabras le dan sentido a la historia. ‘Es un ser humano’, dice la mayoría. ‘Es en la India’, dicen otros. Pero, otros contestan que ‘no’ y explican sus razones. Entre ‘sís’ y ‘nos’, pronto llegan todos a la respuesta esperada y, al igual que los ratones, dice: ‘es un elefante’.

Una actividad tan sencilla como poderosa. El diálogo se entabla y se lee a través de los sentidos, con excepción de la vista. Reflexiones sobre las etapas del hombre sugeridas por palabras del texto como ‘pilar, columna, fuerte’ o preguntas como ¿qué significa ser ciego?, son cuestionamientos que afloran de manera impactante. “Todos somos iguales, pero percibimos y sentimos diferente”, comprenden los otros. Preguntas sin respuestas. Preguntas profundas y reveladoras. ¿No le podemos llamar a esto una verdadera comprensión de lectura? ¿No nos arroja mucha más información el comprender entrelíneas que el decodificar para contestar preguntas con respuestas cerradas y únicas?

Pero la comprensión sin la expansión no valdría la pena. Que un libro lleve a otro y una expresión lleve a otra, descubrir diversas maneras de contarnos y de ser contados: eso es lo que realmente vale la pena. El mundo se despliega, se nutre de nuevos repertorios, alimento básico para adquirir un lenguaje figurativo y una mirada plural, poética y, ante todo, comprensiva del mundo. Empezamos a vivir y a convivir a través de lentes simbólicos para recordar y validar quiénes somos a través de las historias y de los diversos lenguajes artíticos. Si en la niñez y, sobre todo, en la adolescencia no les damos la oportunidad a nuestros alumnos de ello, ¿cuándo entonces? ¿Acaso de adultos no necesitamos lo mismo? ¿Quién podría afirmar que cantar no libera el alma? ¿Quién podría afirmar que escribir los pensamientos o, incluso, las tareas del diariovivir, no organiza y libera? ¿Existe alguna edad propicia para dejar de jugar, actuar, bailar? ¿No ayudaríamos a cerrar brechas al devolver los pasos recorridos de la primera infancia al aula de los niños más ‘grandes’? ¿Acaso nosotros los profesores no preferimos aprender y relacionarnos de maneras más afectivas y placenteras?

Leer entrelíneas

La esencia de los mensajes no habita en el mensaje en sí, cualquiera que sea su código. Una partitura, llena de notas y anotaciones, tiene mucha información que un lector entrenado puede decodificar. Pero sólo un maravilloso intérprete puede proveerle al oyente la esencia mensaje. Un artista verdadero va mucho más allá de las notas musicales: investiga sobre la época, los compositores, arreglistas, entre otros detalles. Y a la hora de transmitir aquella historia contada en sonidos, la emoción es lo único que cuenta. La mayoría de veces, ni siquiera la técnica es definitiva para éste momento. Mientras los gestos, la corporalidad, las manos, los ojos y la emoción entreguen el relato, los errores siempre podrán ser olvidados.

Ir a un museo o apreciar una puesta en escena mantiene los mismos principios. En muchas ocasiones, después de la emoción y percepción del momento, la información y los nuevos pensamientos se decantan y emerge una nueva lectura de lo vivido.

Crecemos y dejamos de mirarnos a los ojos. El contacto de piel es lejano y las palabras llenan la vida cotidiana de órdenes y reglas. Los jóvenes van dejando atrás todo lo que vivieron cuando pequeños y, además de ser retadores y mantener una postura corporal desafiante y vulnerable -igual que su forma de relacionarse con el mundo adulto-, piden a gritos ser incluidos, respetados, valorados y queridos. Necesitan tanto afecto, orden y limites como en su primera infancia.

Los cantos circulares, tales como los arrullos que tiempo atrás los calmaron para conciliar el sueño, despiertan sus recuerdos y los traen de nuevo a la calma y al resguardo afectivo. En el canto colectivo, en las canciones que vienen y van al ritmo del corazón, también tienen la posibilidad de escuchar sus voces y las de los demás para cantar a una sola voz.

Al igual que sucede con los más pequeños, no son solo las palabras, sino el afecto y la forma en que se entrega el canto lo que vale en ciertas ocasiones. Cantar una canción circular como Ani kuni varias veces y de diferentes formas, los acerca y los transporta a mundos inimaginables a través de sus ciclos e intenciones interpretativas.

Primero, escuchar la grabación acostados con los ojos cerrados para sentir la música. Luego, escucharla en ronda y, en la medida en que cada uno vaya sintiéndose seguro, empezará a cantar. Las voces poco a poco toman fuerza y la emotividad abre su puerta de par en par. Éste mismo ejercicio se hace cantando y escuchando de diversas maneras: más suave, más fuerte, mirándole los ojos a un par lejano en la ronda; cantar estando conscientes de la propia voz, de la del vecino y de la de alguien que esté lejos. Las posibilidades son infinitas. Lo interesante es observar cómo se van creando capas sonoras y emocionales a partir de la escucha y del sentir. Como por arte de magia, voces aparentemente ‘desafinadas’, ‘arítmicas’ o ‘desentrandas’, suenan como un hermoso coro, incluso suscitando lágrimas entre los mismos integrantes.

Seguir indicaciones, cantar palabras ‘sin sentido’, darles un significado a través de la expresión y convertir la experiencia en un evento sobrecogedor, ¿no es esto parte de la comprensión de lectura que buscamos? Escuchar para leer, leer para escuchar, expresarnos  y comunicarnos. Sentir en ‘carne propia’ que mi historia también es tu historia.

Ani kuni shaauani,

ani kuni sahaauani.

Awa wa wa bi ka na kaina,

awa wa wa bi ka na kaina.

Eea uni bi si ni,

eea uni bi si ni.

(Danza del fuego de nativos de Norte América y Canadá)

Una vez nos adentramos en leer y en expresarnos por medio de ‘capas sonoras’, ¿por qué no seguir abriendo caminos para explorar nuevas lecturas, esta vez, con imágenes?. Tal como lo expongo en mi libro Sana que sana, me gusta que los niños y jóvenes escuchen su propio corazón y tengan consciencia de su ‘ir y venir’, de su propio ritmo psíquico y latente, así como cuando se adquiere el lenguaje y la vida y el mundo simbólico nos da pistas para establecer quién soy yo y quién eres tú.

Al compás de un patrón rítmico que varía -antes de leer el libro ‘En qué piensas’, de Laurent Moreou- los niños tienen la oportunidad de leer su espacio y de encontrar su lugar en el aula desocupada, con la instrucción clara de que deben andar en forma aleatoria y observar bien cada rincón para que no quede un hueco sin llenar. Ritmo, cuerpo, anticipación, observación, respeto por el otro y consciencia espacial, son algunos factores que entran en juego en esta actividad. Si ya hablamos de ‘capas sonoras’, podemos hablar de ‘capas de lectura’. Y así, unas y otras se van alimentando y la conciencia perceptiva, analítica y reflexiva va emergiendo. Cada vez que el sonido para, se plantea una emoción y los niños la expresan con cuerpo y gestos. Una vez hayan hecho esta actividad de ‘calentamiento’, se sientan en parejas a leerse a sí mismos. Esta vez, ya se ha leído en voz alta el libro y se han observado las ilustraciones. Es la hora de escribir sus propias historias y cada miembro de la pareja debe dibujar al otro mostrando cómo cree que se ve por dentro y cómo se ve por fuera. Así, refranes tan sencillos como ‘las apariencias engañan’ pueden convertirse en conmovedoras historias a través de ejercicios de escritura y lectura interpretativa.

Entonces, vuelvo al inicio, ¿cómo no relacionar éste ejercicio con mis experiencias de madre primeriza como lectora de un bebé desconocido entre mis brazos?

Sólo el mirarnos, escucharnos y leernos nos da el pasaporte para establecer relaciones más comprensivas, amables y solidarias, idea que repito con constancia. Y vuelvo a preguntar, ¿no es esto comprensión de lectura?

Existen miles de teorías, metodologías y hasta fórmulas para aprender a decodificar el alfabeto. En ese sentido, aprender a leer y a escribir en el estricto sentido escolar no debería tener mayores tropiezos o dificultades. Sin embargo, la realidad parece ser otra y las brechas entre lo que piden los preescolares o colegios y lo que necesitan los niños, la sociedad y el país, es cada vez más evidente. Es por ello que, después de tantos años de trabajar entre los libros, la música, el arte y la pedagogía, retorno a las mismas preguntas que hago desde hace tanto tiempo: ¿Quién nos enseña a leernos a nosotros mismos? ¿Quién nos enseña a leer con los cinco sentidos alertas y bien dispuestos? ¿Quién nos enseña a leer las señales de la naturaleza como el olor de la lluvia que pronto llegará? ¿Quién nos enseña a leer que el señor que me atiende tiene dolor de cabeza porque veo que frunce el ceño y necesita una sonrisa y no una cara antipática como respuesta a su mismo malestar? ¿Quién nos enseña a leer que los colores en el vestir también cuentan historias, al igual que la arquitectura y los materiales de una construcción? ¿Comprendemos que al transformar un aula, mantenerla limpia, con olores agradables y colores que aviven el salón puede incidir de manera positiva en la disposición para aprender, así como en las relaciones interpersonales, al sentirnos a gusto en ese lugar, como en casa, siendo queridos y resguardados? ¿Alguna vez en la escuela nos han aclarado que nuestras costumbres alimenticias tienen que ver con las historias culturales o religiosas de nuestros antepasados, así como con los desplazamientos forzados que han tenido que vivir nuestras familias a causa de diversas guerras? En mi caso, sólo de grande aprendí que en casa tomamos sopa de remolacha porque en la primera guerra mundial, allá ‘lejos’ donde mis bisabuelos vivían, era el único alimento que se podía conseguir y que brindaba suficiente energía para salir a trabajar o para evitar morir de hambre o de frío; hoy en día esa sopa ‘tan extraña’ -que los más pequeños no reciben por ser ‘guácalas’- sólo hace parte de los rituales familiares o de las comidas elegantes para los invitados especiales. Y así, me pregunto y les pregunto a ustedes, ¿Cuándo les contaremos a los niños y jóvenes que las historias están ahí, dentro de nosotros, que viven en el otro y se transforman con un mundo cambiante? ¿No es esto una verdadera comprensión de lectura, comprensión por mí, por el otro y por el entorno?

 

María del Sol Peralta

Septiembre de 2015

Ponencia para la Secretaría de Educación Distrital de Bogotá en el marco del evento académico “LITERATURAS, LECTURAS, ESCRITURAS Y RELATOS CON NIÑAS Y NIÑOS DE 3 A 5 AÑOS”.

 

 

 

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