¿BAILA USTED? Algunas reflexiones sobre la poesía en el aula

La gallina Josefina,
puso un huevo en la cocina.

Puso uno, puso dos,
a ti no te regaló.

Puso tres, puso cuatro,
parecía un garabato.

Puso cinco, puso seis,
del tamaño de una nuez.

Puso siete, puso ocho,
preparó un gran sancocho.

Puso nueve, puso diez,
en el reino del revés.

Y este cuento es de mentiras,
una y dos y dos, ¡no es!

 

 

Hace un par de días escuché decir en un colegio que la poesía se componía de ritmo, rima y repetición. Sorprendida me pregunté: ¿la poesía o la literatura se escudan única y exclusivamente detrás del código alfabético o de las descripciones escolares? ¿En dónde quedan el cuerpo, el entorno, la reflexión, la expresión, la libre interpretación y las emociones en el proceso de lectura o en las diversas formas literarias? ¿En dónde quedan las metáforas y las capas textuales en estas etiquetas o explicaciones sesgadas? Es decir, ¿cuál es nuestro afán por poner límites a los mundos simbólicos al querer “estudiarlos” en vez de degustarlos palabra por palabra?

Creo, y me disculparán los más ortodoxos, que ese impulso académico debería dar un vuelco para centrarse en el deleite y en el placer de la vida y de sus enseñanzas inesperadas; de aquello que va más allá de lo preescrito y que nos deja como consigna una enseñanza súbita, tal vez perseguida, pero, eso sí, siempre tan espontánea y sorprendente como la aparición de la primera estrella en una oscura noche. Tal vez, solo tal vez, cuando aprendamos a encontrar el pálpito poético que hay en las matemáticas, la física, las ciencias nuestro camino escolar será mucho más nutrido, ocurrente y, sobre todo, lleno de sorprendentes revelaciones.

 

Más allá de las palabras…

Estaba la pájara pinta
(Tradición oral)

Estaba la pájara pinta,
sentadita en su verde limón.
Con el pico recoge la rama,
con la rama recoge la flor.

¡Ay, ay, ay!
¿Cuándo vendrá mi amor?
¡Ay, ay, ay!
¿Cuándo vendrá mi amor?

Me arrodillo a los pies de mi amante
y le juro ser fiel y constante.

Dame una mano,
dame la otra,
dame un besito
que sea de tu boca.

Daré la media vuelta,
daré la vuelta entera,
con un pasito atrás,
haciendo la reverencia.

Pero no, pero no, pero no,
porque me da vergüenza.
Pero sí, pero sí, pero sí,
porque te quiero a ti.

 

Una historia de amor. Una novela como cualquier otra de esas que tanto nos gustan. Introducción-nudo-desenlace, giros en el tempo, en la armonía y en la melodía, a la par que la narración se va desarrollando. Como Ana en Gorila de Anthony Browne, o Max en Donde viven los monstruos de Maurice Sendak, se trata de un viaje por el mundo interior del personaje, en este caso, de una pájara (¿o será de una jovencita?) que busca el amor de su vida. Una travesía íntima en la cual ella se pregunta y analiza sus acciones si estuviera en un escenario o en el otro, mientras hace promesas al aire con tal de que aparezca su enamorado.

Entonces, me pregunto yo para este punto: ¿quién es el personaje principal? ¿La pájara pinta? ¿Ana, Max…? O mejor, ¿los personajes ausentes? Aquellos que no aparecen pero que, gracias a su simbólica existencia dan pie a que los protagonistas inicien un viaje catártico lleno de aventuras en donde se revelan cientos de emociones. ¿No es esto poesía pura? Un mar de palabras, imágenes y sonidos que se ensamblan para darle un significado amplio y plural a una historia sencilla y cotidiana.

¿Y el cuerpo? Fácil: compás a compás responde de manera natural ante la métrica, el fraseo y la entonación, para agregar una nueva capa de significados al hilo conductor, es decir, le ponemos un toque más de pimienta para sazonar la narración.

Podemos volver a cantar esta bella historia (o novela) dándole un sentido y un sentir cada vez más complejo. Y podemos cantarla cientos de veces más y encontrar, como en las mejores obras de arte o álbumes de imágenes, diversas perspectivas y representaciones.

En cada signo de puntuación, vocablo, composición gramatical o morfológica elegida, entre muchos otros elementos, la voz de los autores, o incluso de nuestros antepasados, cobra vida a través del pensamiento, la palabra y la acción. A su vez, somos nosotros los intérpretes de sus canciones y es a través de los gestos, de la mirada y de la piel por donde transitan estas historias. Metáforas, mensajes y enunciados concebidos alguna vez por el autor, adquieren una interpretación fresca, personal y renovada en cada lectura.

La barca
(Tradición oral)

Al pasar la barca,
me dijo el barquero:

- Las niñas bonitas,
no pagan dinero.
- Yo no soy bonita,
ni lo quiero ser,
yo pago dinero,
como otra mujer.

Capitán del bote
me mandó un papel,
que si yo quería casarme con él.

Yo le mandé otro,
donde respondí,
que sí me casaba,
pero no con él.

Y al pasar la barca,
me volvió a decir:

- Las niñas bonitas,
no pagan aquí.

- Yo no soy bonita,
le volví a decir,
quiérome casar
y bailar así.

 

Una canción tomada de la tradición popular en la que, desde tanto tiempo atrás, ya se ve en la voz femenina una necesidad de liberación y de transformación ante ciertos cánones sociales. ¿Podríamos hablar entonces de los inicios del feminismo? Eso nunca lo sabremos, lo que sí podemos vislumbrar es cómo estos pensamientos se convierten, una vez más, en un juego de niños a través de un diálogo que aparenta ser inocente, divertido y hasta ingenuo. ¿Cuántas cosas más podremos esconder detrás del legado popular? ¿No son todas estas canciones, poemas y juegos, una clase de historia de la humanidad?

Contar con el cuerpo

En medio de estas preguntas y reflexiones, recordé otra anécdota. Hace unos meses me preparaba para una charla formal sobre la relación entre la música y la literatura. Sin pedir permiso, antes de iniciar, moví cada una de las sillas y las dispuse en un círculo. Sin embargo, con amabilidad, me pidieron acatar “las reglas” de una conferencia formal. Una vez más, sorprendida abrí los ojo y respondí: “Para hablar de poesía o de libros, hay que sentirlos a viva piel”. Y así fue, nos llevamos en la piel no solo unas teorías (que siempre se están revaluando en el quehacer diario), también comprendimos cómo podemos construir unos fuertes e inquebrantables puentes afectivos y expresivos, al sentir el pulso vital del corazón al son de la música de las palabras.

El ir y venir de las palabras, en especial de aquellas que evocamos en la primera infancia, son un símil del corazón de la madre, y a su vez, la circularidad que las caracteriza, además de ser su esencia, nos lleva de retorno a la sensación que vivimos en el vientre materno en donde la palabras y los sentidos nos protegían, resguardaban y alimentaban, al mantenernos aislados de los peligros de la vida exterior. Un viaje interior que ocurre gracias al canto, a la recitación y a la respuesta espontánea y natural del cuerpo en constante movimiento.

Aserrín, aserrán
los maderos de San Juan,
piden pan, no les dan,
piden queso y les dan hueso,
piden vino, sí les dan,
se marean y se van;
los de roque alfandoque
con su triqui triqui trac.

Bajo de un botón
(Tradición oral)

Bajo de un botón, ton, ton
que tenía Martín, tin, tin,
había un ratón, ton, ton,
ay qué chiquitin, tin, tin.
Ay qué chiquitin, tin, tin,
era el ratón, ton, ton,
que encontró Martín, tin, tin,
debajo un botón, ton, ton.

 

Es imposible desconocer que nuestros cuerpos, sensaciones y emociones caen rendidos a los pies de la cadencia de las palabras en una poesía, a la entonación de una divertida lectura a viva voz, o al espontáneo andar acompasado que nos es sugerido en un texto cualquiera. Como en la música, los textos son nuestra partitura y la interpretamos según nuestros propios gustos, referencias e historia. La literatura, en cualquiera de sus formas, como nosotros mismos, tiene su pulsación distintiva, su propio latir de corazón.

EL VENDEDOR DE SUEÑOS
(Poema de María Elena Walsh)

Vendo sueños con gusto a caramelo,
países raros, lentas maravillas,
ángeles que dan cine por el cielo,
y relámpagos para pesadillas.

Sueños como trapitos de colores,
imágenes y muchas otras cosas.
Algunos tienen pájaros y flores.
Otros, infierno y brujas espantosas.

Sueños y sueños para todo gusto:
cajas de azufre, paquetitos rojos.
Lágrimas o canción, amor o susto
para los niños que cierran los ojos.

Llevo en mi cesta el mágico tesoro.
¡A ver quién me lo compra, quién me llama!
Dejen afuera su moneda de oro,
y mírenme pasar desde la cama.

Un poema de María Elena Walsh nos lleva a conocer y reconocer el imaginario infantil más inocente y, a su vez, potente, a través de un lenguaje simbólico cargado de imágenes retóricas. Personajes, colores, objetos abrazados por una melodía, un ritmo y una armonía circular nos transportan a un mundo onírico. Un llamado al dormir accionado por el soñar. Elementos que se comparten con la tradición oral, pues son las palabras las que atraen al movimiento o al descanso, para este caso en particular.

Y, mientras María Elena Walsh utiliza una serie de elementos para representar el universo infantil, en los arrullos tradicionales podemos escuchar la voz de aquellas madres llamando al sueño de sus hijos después de un largo día. Hacen un recuento de las labores que aun tienen por hacer o incluso, llaman “al coco” como último recurso en medio de su desesperada plegaria. Sin embargo, ese dulce tono que envuelve el cuerpo del bebé, ese ir y venir que da la sensación de volver al útero en donde el pulso del corazón resguarda y protege, deja tácita la idea de ser “hora de dormir”, incitando a que psiquis y músculos se relajen. Como dice el doctor Joost Meerloo, “el útero es el primer mundo de sonidos rítmicos al que nos enfrentamos”.

Vemos entonces esa estrecha relación entre la música, la literatura y el andar rítmico de nosotros mismos como seres individuales que viven y conviven dentro de un ordenamiento social universal.

Arrorró
(Tradición oral)

Arrorró mi niño,
arrorró, mi sol,
arrorró, pedazo de mi corazón.

Este niño lindo se quiere dormir,
y el pícaro sueño no quiere venir.

Este niño lindo que nació de noche,
quiere que lo lleven a pasear en coche.

Este niño lindo se quiere dormir,
cierra los ojitos y los vuelve a abrir.

 

Contamos con un corazón y una respiración y esto nos da una pulsación particular, un ritmo psíquico propio e intransferible. Caminamos, bailamos, masticamos, hablamos, nos movemos según ello, lo que representa nuestra identidad y estilo. Como bien me supo explicar Evelio Cabrejo hace unos días en medio de una charla telefónica hablando del tema, “el ritmo es el pulso vital que refleja la vida misma”. Es decir, la vida, como la música de las palabras, es regulada por las múltiples secuencias que hemos adquirido desde la gestación, pues al nacer, justo en ese momento, el pulso primario y más íntimo empieza a mezclarse con todos los otros ritmos que el bebé percibe a su alrededor: acentos, timbres vocales y el sonido de la vida cotidiana, entre otros. Niños que crecen en las montañas, niños que crecen en la ciudad. Niños que crecen en lugares cálidos o en lugares muy fríos. Cada uno con su propia canción para cantar y su propio andar para danzar.

La mariposa
(Baile tradicional de los carnavales de la ciudad de Oruro en Bolivia)
Vengan a cantar la morenada
que empieza a sonar,
como el vuelo de una mariposa,
vamos todos a bailar.

Con las manos,
con los pies,
la morenada.

 

Sambalelé
(Tradición oral / Brasil)

Sambalelé se ha caído,
tiene una pierna quebrada,
quiso subir a la luna
y se cayó en la laguna.

Pisa, pisa, pisa mulata,
pisa el vestido de seda, mulata.

Sambalelé se ha caído,
tiene una pierna quebrada,
quiso subir a la luna
y se cayó en la laguna.

Samba se cayó,
cuando a la luna saludó.

Pisa, pisa, pisa mulata,
pisa el vestido de seda, mulata.

Le, le, le, le sambalelé,
Le, le, le, le sambalelé.
Le, le, le, le sambalelé,
Le, le, le, le sambalelé.

Pisa, pisa, pisa, mulata,
pisa el vestido de seda, mulata.

 

Espero entonces que entre ejemplos, reflexiones, cantos y cuentos, podamos tener más dudas que certezas, pues son estas las que realmente abren desconocidos e insólitos caminos en aras de una educación desbordada en pasión, invención e interpretación.

La palabra ‘ritmo’ viene de latín rhythmus, y esta a su vez del griego rythmós, que se deriva del término ‘fluir’. Y si bien mezclamos esta etimología con el hecho de que el pensamiento es palabra y la palabra acción, podemos entonces hacer nuestras propias conjeturas sobre las posibilidades poéticas que hoy tenemos en el aula para poder seguir creando y abriendo puertas, dejando a un lado el afán por educar (en el sentido más estricto de la palabra), y nos dedicamos más a sentir, percibir, querer y vivir, para cultivarnos en un eterno y cíclico fluir más cercano, humano y humanizante.

Pollos de mi cazuela
(Tradición oral)

Los pollos de mi cazuela
no son para yo comer,
sino para las viuditas que lo saben componer.

Se les echa ají y cebolla,
hojitas de laurel,
se sacan de la cazuela cuando se van a comer.

Componte, niña componte.
que ahí viene tu marinero,
con ese bonito traje que parece un carnicero.

Yo soy la que parte el pan,
yo soy la que sirve el vino,
yo soy la que se menea con ese cuerpo tan divino.

Anoche yo te vi,
bailando el chiquichá,
con las manos en la cintura para salir a bailar.

Anoche yo te vi,
en el parque Tulipán,
con las manos en las cintura param pan pin pon pin pom pan…

 

María del Sol Peralta
Marzo de 2019