Mañana en el cielo una fiesta será

—¡Mañana en el cielo una fiesta será! —anunciaba la señora cigüeña mientras repartía paqueticos y paqueticos por toda la vereda. Qué revuelo y qué algarabía se empezaba a sentir en el ambiente. Pájaros, pajaritos y pajarracos volaban para saber los detalles de tan magnífica noticia.

—¿Cómo? —dijo la señora Petirroja?

 

—Así como se lo digo, misiá, ¡ya se aproxima la gran fiesta de todos los tiempos! ¡Ya ha llegado la invitación! —le repetía el sinsonte, mientras practicaba cientos de cantos.

 

—Sí, sí, —dijo el guacamayo. Escuche con atención tan emocionante invitación…

¡Mañana en el cielo una fiesta será!

Manjares soñados,

trajes emplumados,

alegres cantores,

y un bailoteo alado.

Alisten su vuelo,

despeguen del suelo,

consigan pareja

que allá los espero.

Repitan conmigo,

repitan y repiquen:

¡Mañana en el cielo una fiesta será!

 

Dirección exacta:

Nube despejada con arcoíris completo, esquina 1707

 

Todos lo sabían, era hora de preparar los más suculentos manjares: pasteles cremosos, helados bien frescos, pastelillos salados y dulcecillo enfrutado. Y claro, el gran jefe de la cocina, el maestro Pato a la Naranja, no paraba de mezclar y probar, probar y mezclar:

 

Más leche,

más leche,

más leche en el pastel,

batimos, batimos

y al horno con él.

 

 

Era hora de volar a la sastrería, a la manicurista y a la peluquería. ¡Había mucho por hacer! Era el gran evento anual que reunía a los pájaros de todas las veredas cercanas y lejanas. Pero, como ustedes bien se imaginarán, para una fiesta de tanta altura  las únicas que podían ser invitadas eran las aves.

 

Eso no le gustó nada, nadita de nada a la señora Prudencia.

 

—¿Cómo no ser invitada? ¿Solo porque no tengo alas? ¡Ay, que antipatía la de esas aves engreídas! Yo iré, nadie lo impedirá y ni cuenta se darán.

 

 

Prudencia, además de ser reconocida por su imprudencia, también era aplaudida por su belleza. Tenía una coraza lisa, brillante y reluciente, que cuidaba día a día, hora tras hora. Y esta vez ¡debía verse más bonita que lo usual! Así, escondida de todos, la tortuga preparaba su plan secreto…

 

Prudencia la tortuga

Una tortuga pasó por aquí,

comiendo mazorca con mucho ají.

Le pica, le rasca, le pica la nariz,

le pica, le rasca, la nariz le hace…

¡A-a-a-a-aaa…! Una tortuga pasó por aquí,

comiendo mazorca con muchísimo ají.

Le pica, le rasca, le pica la nariz,

le pica, le rasca, la nariz le hace…

 

¡Achís!

Ya todo estaba preparado y las aves estaban listas para la gran fiesta en el cielo. Cada una esperaba su turno para volar a la dirección indicada. Entonces, Prudencia se fue por entre las esquinas de manera sigilosa, a la casa de su compadre querido, el gallo CantaClaro, encargado de darle vida a la fiesta con su canto, historias y alegrías. Con suaves pasos y casi sin respirar, la tortuga logró adentrarse en el guitarrón del compadre, mientras él se alistaba y ensayaba concentrado su canción.

 

 

Cantaba un gallo,

 
muy alto, muy claro,

y quiso que ustedes cantaran también…

 

 

¡Y así empezó la aventura!

 

Suis, suas, suas, suis, Prudencia sentía la turbulencia del viaje. Ella, definitivamente, no estaba acostumbrada a viajar a esas alturas. Respiraba, cantaba mantras, meditaba y contaba ovejas para pasar tan tormentoso momento. ¡Uff!, hasta que por fin llegaron.

 

Con cuidado la tortuga salió ágilmente del guitarrón. A pesar de su mareo, asombrada quedó al ver tan hermoso escenario. Las aves nunca habían lucido tanto esplendor. Los colores, los trajes, los tocados… ¡Menos mal lo había logrado!, se dijo a sí misma Prudencia.

 

Así, sin pensarlo, de inmediato se unió al mejor baile en el que hubiera estado:

 

Los pollos de mi cazuela

no son para yo comer,

sino para las viuditas que lo saben componer.

Se les echa ají y cebolla,

hojitas de laurel,

se sacan de la cazuela cuando se van a comer.

Componte, niña componte.

que ahí viene tu marinero,

con ese bonito traje que parece un carnicero.

Yo soy la que parte el pan,

yo soy la que sirve el vino,

yo soy la que se menea con ese cuerpo tan divino.

Anoche yo te vi,

bailando el chiquichá,

con las manos en la cintura para salir a bailar.

Anoche yo te vi,

en el parque Tulipán,

con las manos en las cintura param pan pin pon pin pom pan…

¡Tararán!

Ya cansada de tanto bailar, Prudencia decidió ir al salón del canto a escuchar a la Pájara pinta, que tan bello cantaba sin parar.

 

Estaba la pájara pinta,

sentadita en su verde limón.

Con el pico recoge la rama,

con la rama recoge la flor.

¡Ay, ay, ay!

¿Cuándo vendrá mi amor?

¡Ay, ay, ay!

¿Cuándo vendrá mi amor?

 

Me arrodillo a los pies de mi amante

y le juro ser fiel y constante.

Dame una mano,

dame la otra,

dame un besito

que sea de tu boca.

Daré la media vuelta,

daré la vuelta entera,

con un pasito atrás,

haciendo la reverencia.

Pero no, pero no, pero no,

porque me da vergüenza.

Pero sí, pero sí, pero sí,

porque te quiero a ti.

 

Pero, justo en la mejor parte de la fiesta, algo inesperado sucedió. Prudencia veía cómo todas las aves agarraban el vuelo con rapidez y ella, pobre, no entendía qué estaba sucediendo.

 

En medio de tanta confusión y ajetreo, al ver que todos volaban alto, Prudencia fue a buscar al Gallo CantaClaro y su guitarrón, sin embargo, ¡oh, sorpresa!, ¡él había sido el primero en volar!

 

—¡Socorro, auxilio, socorro!, —gritaba la tortuga. Pero nadie la oía.

 

¡¡BRRRRRRR!! Sonaban truenos y relámpagos. Sí, sí, era una tormenta inesperada y sin clemencia la que había aparecido arruinado tanta alegría. Ella ni podía ver en medio de tal aguacero.

 

De pronto, sin siquiera darse cuenta, el pedacito de nube en donde estaba se deshizo y… ¡¡AHHHHHHHHH!!, se oyó un largo y sostenido grito de Prudencia, que caía del cielo a la tierra.

 

¡¡Puff, paff, chas!! Retumbó la tierra al caer la tortuga en la mitad de su vereda, y quedó patas arriba. Los pájaros, pajaritos y pajarracos volaron a socorrerla. Poco a poco, ella fue recobrando la conciencia hasta que despertó.

 

En silencio todos la miraban esperando a que dijera algo. La tortuga, aún mareada, de pronto abrió un ojo, luego abrió el otro, inhaló profundamente y dijo: ¿es aquí la fiesta en el cielo? La preocupación se convirtió entonces en una gran carcajada.

 

Finalmente, entre todos ayudaron a darle la vuelta a Prudencia y… ¡vaya sorpresa! No solo la tortuga estaba tan bien como para seguir la fiesta, ¡sino que su lisa caparazón ahora tenía un diseño especial lleno de cuadritos y manchas!

 

Y así fue como Prudencia marcó una nueva tendencia en la moda de su comunidad, haciendo que todas las tortugas quisieran tener caparazones con diseños distinguidos, modernos y llamativos. Además, los pájaros, pajaritos y pajarracos decidieron celebrar la fiesta anual, entre todos, en la tierra, sin correr tantos peligros y aventuras inesperadas.

 

Y colorín colorado, que este cuento emplumado se ha terminado, y esperamos que les haya gustado.

 

 

Cantaba un gallo,

 
muy alto, muy claro,

y quiso que ustedes cantaran también.

A que no adivinan
quién era ese gallo:


era CantaClaro, el gallo feliz.

Viajó desde lejos
hasta este lugar,


cargado de versos para compartir.

Nadie lo ha visto,
nadie lo conoce,


solo sus huellas dejó por aquí.

Todos buscamos
y no lo atrapamos,

por eso hoy cantamos la historia sin fin...